Aristóteles formuló la famosa definición de los seres humanos como animales políticos, esta definición tiene un germen de verdad porque no se puede hacer política sin el lenguaje, y es probable que el uso del lenguaje es la constitución de los grupos sociales que son persuadidos por aquellos oradores que en estos tiempos de efervescencia electoral pupulan para intentar convencer a los ciudadanos con numerosos mensajes persuasivos y manipuladores , sin contenido y trillados de promesas no cumplidas, por ello cada uno de los ciudadanos debemos tomar conciencia sobre ellos y evaluarlos en forma crítica.
En la opinión de algunos de los primeros retóricos como Sócrates, Platón, Cicerón sospechaban que los oradores eran capaces de ocultar la verdad a los ciudadanos con discursos engañosos que con el paso de los siglos han originado falta de credibilidad política.
La falta de oficio que caracteriza a los políticos provoca que aunque digan la verdad, solo siembran dudas y más dudas, más aún cuando lo que prometen refleja a futuro inconsistencia como es el caso de la seguridad pública y generación de empleos instrumentos de gobierno que sigue en crisis, es un asunto es de extrema gravedad porque la ciudadanía vive a diario la serie de carencias ante las promesas no cumplidas del gobierno.
La corrupción también está vinculada con la falta de credibilidad al grado de que los medios de comunicación específicamente los noticieros de televisión, han desarrollado una estrecha relación entre la audiencia, la política y el gobierno. Inevitablemente, la información política se ha convertido en el tema principal dentro de la agenda de los medios.
En este contexto es importante sensibilizar a los políticos y dignificar la política en un marco donde los ciudadanos se sientan respetados y tomados en cuenta para la toma de decisiones de esta loable nación que tiene un potencial de riqueza para poder dignificar la soberanía de este país, me atraen a la mente el pensamiento de Martín Luther King quién dijo una vez que “nuestra generación no se habría lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos.